viernes, 11 de septiembre de 2009

Introducción.


Yo era especial, mi madre, Ygraine de Cornualles, me lo decía siempre. Sus razones, yo era la menor de tres hermanas (Morgause y Elaine) y no quería que sintiera envidia hacia ellas. Por otro lado, yo sí era especial de verdad. Mis sueños me revelaban el dolor que personas desconocidas para mí aún no habían sufrido. Sentía el odio, el sufrimiento y la desesperación como si la viviera en primera persona y no era agradable.


A mis ocho años de edad, había madurado tan rápido que todos se preocupaban por mi estado de salud. Sólo por las noches, cuando una pesadilla me desvelaba, gritaba el nombre de mi madre para que me acunara en su regazo y espantar todo esos malos pensamientos. Había heredado este poder de ella y sabía por lo que pasaba. Ella intentaba ayudarme a seguir el camino correcto, por otro lado, mi padre no quería y dificultaba mi enseñanza.


Pese a todo lo que pudiera parecer, vivíamos felices y como una gran familia. Todos nos amábamos y nos protegíamos mutuamente. Nuestro castillo, ya que mi padre era el Duque Gorlois de Cornualles, rodeaba todo el ducado y nos resguardaba muy bien de nuestros enemigos. Mi padre siempre intentaba alejarse de cualquier guerra, por otro lado, si era su deber, no dudaría en ponerse en el frente de la batalla.


Una migraña espantosa apareció una linda mañana de primavera. Mi cuerpo se estremecía ante aquel espantoso dolor y yo apenas podía dar un paso. Ygraine, conocedora de las artes sanadoras, pensó que podríamos bajar al pueblo para recoger algunas plantas curativas y quitarme ese dolor de cabeza para antes del anochecer. Así pues, mi madre, mis dos hermanas y yo nos montamos en una carreta escoltada por algunos de nuestros guardias y bajamos al mercado.


La gente nos sonreía y era muy amable con nosotras. Mi madre me decía: “dales cobijo y siempre te lo agradecerán”. Yo la miraba y asentía, memorizando su enseñanza como todas las que me daba. Mis hermanas y yo comenzamos a jugar y a hacerles burlas a los guardias. Ellos siempre estaban quietos y nunca se quejaban, aunque los molestáramos más de la cuenta. Pronto, un olor pestilente, seguido de una horrible sensación, inundó mi mente. Me dirigí hacia mi madre, que escogía una hierba con suma concentración, y agarré una manga de su vestido intentando esconderme tras su cuerpo.


-¿Qué ocurre, Morgana? -Yo me giré y señalé hacia las colinas. No había nada fuera de lo normal, sólo campesinos cargando sus bultos y sus mulas, pero yo sabía que pronto habría algo más... y no me equivocaba.


Unos caballeros con un escudo que parecía tener un dragón en el centro se acercaban con paso solemne y sin inmutarse ante las miradas desconfiadas de los pueblerinos. Mi madre se tensó y nos dijo a las tres que nos alejáramos del camino. Nuestros guardias nos ocultaron tras la carreta y esperamos hasta que esos forasteros se acercaran.


-Buscamos al Duque Gorlois. -Dijo uno en cuanto se colocaron frente a Ygraine.


-¿Para qué lo quieren? Yo soy su esposa, Ygraine de Cornualles, decídmelo a mí, pues.


-Nuestro Rey de Camelot, sir Uther Pendragon, desea invitaros a su corte. Él nos ha pedido que le expresemos al Duque Gorlois de Cornualles que si no acude, será un motivo suficiente para desatar una guerra. -No entendía muy bien de qué se trataba todo aquel asunto, pero tampoco quería que mi hogar, el lugar que tanto amaba, quedara sumido por las llamas de una trifulca injusta.


Salí de mi escondite y me abalancé sobre el guardia. Él me cogió por el cuello de mi vestido y me levantó como si fuera un simple saco de patatas. Mi madre gritó que me soltara y el caballero rió de forma grotesca y desagradable. Me lanzó una mirada de superioridad y me tiró contra el suelo. Caí de boca y me levanté escupiendo la tierra y las hojas secas del camino. Mi vestido había quedado completamente manchado y mojado y tenía raspaduras por las manos. Mi madre corrió hacia mí y comprobó si me encontraba bien. Después, se giró hacia esos caballeros con furia en sus ojos.


-¡Marchaos de estas tierras! -Me abrazó con fuerza. -Y decidle a vuestro rey que no queremos saber nada ni de él ni de su corte. ¡Fuera!


Obedecieron, no obstante, una sonrisa de satisfacción se marchó en sus rostros. Nosotras volvimos a casa, a la espera de nuestro padre para contarle lo sucedido. Mi madre encendió fuego y puso un caldero con agua para empezar a hervir las hierbas. Yo me acurruqué junto a la ventana y apoyé mi espalda en la fría pared de piedra.


Me había cambiado de ropa y ahora estaba envuelta en una gorda manta de piel para resguardarme del frío. Fuera, todo seguía igual que cada día. Las gallinas correteaban sueltas por la plaza mientras un hombre con un cuchillo bien afilado, intentaba atraparlas por el cuello. Una mujer gritaba a pleno pulmón los productos que vendía, a la vez que algunas damas nobles la criticaban con cuchicheos al oído. El olor a excrementos que se mezclaba con la pestilencia que desprendía la fruta podrida me taponaba la nariz y me impedía respirar profundamente. En un tiempo, este aroma tan peculiar me causaba nauseas, ahora, me indicaba que me encontraba en casa, en mi verdadero hogar.


Mi madre me acercó una sopa caliente y se sentó a mi lado, acariciándome el cabello. Era muy agradable. Bebí sorbo a sorbo, sintiendo como un ardor se extendía por todo mi cuerpo y el aroma embriagador de las plantas me llenaba las fosas nasales hasta llegar a mi cerebro. Poco a poco, la jaqueca fue desapareciendo y pude relajarme.


-No debiste hacer eso. -Su tono de voz no era severo, pero sonaba serio y preocupado.


-¿Quiénes eran, mamá? ¿Por qué quieren entrar en guerra con nosotros?


-Es complicado. Son asuntos de hombres que una jovencita de tu edad no puede comprender. -Me quitó la taza de las manos y me ayudó a levantarme. -Ve a la cama, ya es tarde.


Mi nana me cogió en volandas y me subió hasta mi habitación. Era grande y espaciosa. Había una cama de dos plazas en el centro con una mesita a cada lado de ésta, un pequeño tocador frente a ella y un armario a su derecha. La escasez de mobiliario hacía que el cuarto pareciera más frío de lo que era. Las paredes y el suelo de piedra congelaba mis pies descalzos, así que corrí hacia la amplia alfombra de piel de búfalo y me zambullí en mi cama. Una vez estuve arropada, apagué la vela que estaba a mi derecha y miré al techo esperando a que se me cerraran los ojos.


Un ruido me despertó de improvisto. Me acerqué a la puerta y descubrí que era la voz profunda de mi padre. Gritaba desesperado y golpeaba algo una y otra vez. La abrí intentando hacer el menor ruido posible y caminé hasta las escaleras. Mis dos hermanas observaban con atención y me indicaron que me mantuviera en silencio.


-No nos queda otro remedio. -Decía mi padre con los dos puños cerrados sobre la mesa. Mi madre, a su espalda, se aproximó a él y puso sus manos sobre sus hombros para reconfortarlo.


-Alguna otra opción tendrá que haber. No podemos dejar el castillo sin ninguna protección.


-No sé qué sería peor. -Se dio media vuelta y abrazó a mi madre con fuerza. -Tendremos que aceptar la invitación y dirigirnos a Camelot mañana mismo. No estamos en el mejor momento para empezar una guerra. -Percibía la tristeza en sus palabras y se me hizo un nudo en la garganta. La idea de marcharnos no me gustaba. Algo en el fondo de mi cabeza gritaba que no era una buena idea y presentía que mis padres pensaban lo mismo.


Al día siguiente, nos despertaron muy temprano. Teníamos que recoger algo de ropa para el viaje y, también, preparar la comida. Yo terminaba con algunas provisiones cuando caí en la cuenta de que había olvidado coger mi abrigo. Fui escaleras arriba hacia mi cuarto y unos sollozos me pararon. Mi madre ahogaba sus llantos para que ninguno de nosotros la escucháramos. Eso me quitó las dudas. No iba a ser una visita agradable.

¡Bienvenidos!




Hola, quiero daros la bienvenida a mi nuevo blog.
Para comenzar, voy a explicar en qué va a consistir.
Como todos habéis podido comprobar, su título es "La leyenda del Rey Arturo" y ésto es así porque va a ser aquí donde empezaré a escribir una historia narrada desde el punto de vista de la bruja Morgana Le Fay, basándome en una de las muchísimas leyendas artúricas.
Huelga decir, que soy bastante aficionada a ellas y que me fascina todo lo que tenga que ver con la cultura celta y los druidas.
Mi único propósito en este blog es que pasemos un rato agradable, por lo que agradeceré cualquier comentario, ya sea bueno o malo, sobre mi historia y todo tipo de críticas. Por otro lado, no me gustaría que malgastárais vuestro tiempo insultándome, ya sea soez o no, porque no estoy dispuesta a prestarle ningún tipo de atención a esos post.
También estoy abierta a todo tipo de preguntas que responderé amablemente, siempre que esté en mi mano.
Sin más dilación, me despido.
Pronto subiré una introducción que os meta dentro de la historia.
Muchas gracias.
Hasta pronto.